lunes, 25 de enero de 2016

Con la sinceridad por delante

Enojarse con alguien es algo normal, el problema surge cuando reprimes esta emoción y no la exteriorizas. Es importante hablar. Ante alguna situación desagradable, muchos se quedan callados, quizás por miedo, timidez, comodidad, vergüenza o simplemente por evitar malos entendidos, y no se dan cuenta del daño que se están haciendo a sí mismos. 

Expresar lo que realmente se piensa, sin “pisar” al otro, no siempre resulta fácil. Tal vez sea penoso mucho más si hay un lazo fraterno con la persona en cuestión porque sientes que de seguro, pese a todo tu esfuerzo, no le va a gustar lo que le tengas que decir; no obstante, es necesario hacerlo en el momento oportuno. Y bueno, si fuiste muy crudo, es más fácil solucionar un problema por algo dicho sin tacto, que curarte de un resentimiento guardado por mucho tiempo. 

Algunas veces funciona el 'callar y dejar pasar' pero no siempre es bueno; no todos los casos son iguales. De nada sirve apostar por el silencio, si tu intención no es virar la página y avanzar. En el fondo, hay quienes creen, que su enojo está justificado y que mantenerlo guardado es un mecanismo efectivo para evitar algún roce futuro con la persona que la ofendió. ¡Qué grave error! 

Cuando sientas que debes decir algo, hazlo. Y si no te sientes preparado, no cometas el error de hacer como que todo está bien con esa persona para ver si así se te pasa. Eso tiene consecuencias fatales. Un día, te puede ocurrir lo de Juanita, que de súbito, con la mínima excusa, y sin que pudiera evitarlo, le escupió todo su veneno acumulado a esa persona que tanto quería.

Es importante hablar con la verdad desde el principio. Trae grandes beneficios: 

- Nos permite ver las cosas con claridad.

- Nos ayuda a tomar decisiones sensatas.


- Nos regala armonía y buena comunicación con nuestro entorno.

En definitiva, nos hace sentir livianos mientras fluimos por la vida como olas del mar.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Un día como hoy

A Jorge,
con amor y gratitud.


Pese a que ya nos habíamos cruzado algunas veces, me lo presentaron (o bueno, se presentó) de manera oficial el 6 de noviembre del 2014. Literalmente llegó a mi vida como un relámpago. Ni bien toqué el timbre de su casa, se precipitó por las escaleras a toda velocidad para recibirme con una gran sonrisa. A mis oídos ya había llegado la noticia de que quería conocerme, por ello me pareció muy cómica la situación. "Es extraño y gracioso el hermano de mi amigo", pensé. 

Cuatro días después, con la excusa perfecta, me envió un mensaje de texto a mi celular. A partir de ahí no tengo recuerdos que no lo involucren a él. Con el tiempo nos fuimos volviendo inseparables y, poco a poco, comenzamos a darnos cuenta que cada detalle de su vida y de la mía encajaban perfectamente, como engranajes, hasta completar un fabuloso rompecabezas.  

Así fue como, sin adivinarlo, sin preámbulos o avisos, sin que nadie tuviera el deseo de enamorarse, ocurrió. Tal como se dan las cosas más bellas, de manera espontánea y genuina. Conocernos y estar juntos sin duda no fue ninguna casualidad. Estaba escrito en las estrellas.

Hoy, en esta fecha tan importante para mí, quería hacer un homenaje especial a aquel niño que olvidó por completo que por la ventana se podía ver que bajó corriendo, y que abrió la puerta de mi corazón con su mágica forma de ser.

How do I love thee?

How do I love thee? Let me count the ways.
I love thee to the depth and breadth and height
My soul can reach, when feeling out of sight
For the ends of being and ideal grace.
I love thee to the level of every day’s
Most quiet need, by sun and candle-light.
I love thee freely, as men strive for right.
I love thee purely, as they turn from praise.
I love thee with the passion put to use
In my old griefs, and with my childhood’s faith.
I love thee with a love I seemed to lose
With my lost saints. I love thee with the breath,
Smiles, tears, of all my life; and, if God choose,
I shall but love thee better after death.


"¿De qué modo te amo?", de Elizabeth Barrett Browning, es uno de los poemas románticos más conocidos de la lengua inglesa. No es una declaración de amor, como quizás a algunos les parezca. Es una profunda confesión personal. Cuando lo leí me quedé atrapada entre sus letras por su lacónica franqueza y la suave dulzura en cada uno de sus versos. Se lo dedico por completo a él.

jueves, 22 de octubre de 2015

Si me pagaran por dormir, sería millonaria

Una de las cosas que más amo hacer, y que me proporciona mucha felicidad, es tomar siestas. Tengo la fama BIEN GANADA (y orgullosa lo escribo en mayúsculas) de ser una empedernida osa perezosa. Y es que practico tan bien el arte de dormir que muchas personas cercanas a mí me han preguntado cuál es el secreto, mientras otras en cambio me han advertido de todas las posibles enfermedades que padezco.

Pues no, no es originado por ningún tipo de problema. Simplemente encuentro placer en cerrar los ojos, relajarme y dejarme llevar por Morfeo.

Tener control sobre ello es simplemente maravilloso. Si así lo decido -y veo que tengo la posibilidad de hacerlo- puedo dormir 10, 12, 14 y a veces hasta 16 horas seguidas sin que la cantidad de tiempo escogida altere mi ciclo siguiente.

Aunque ejecutar este verbo parezca una de las cosas más sencillas del mundo, en realidad es más complejo de lo que se piensa. Cada vez son más gigantescas y alarmantes las cifras de personas que sufren de insomnio que deben recurrir a terapias o medicinas. A medida que avanza el tiempo, no vemos enfrentados con muchas ocupaciones/preocupaciones y menos horas de sueño.

Hasta cierto punto, es normal que en algún momento tengamos que sacrificar nuestro descanso por alguna cuestión, pero no es sano perder el equilibrio y dejar que aquello nos quite arbitrariamente ese tiempo valioso y único en el día.

Yo de ninguna manera pienso dejar de lado mi hobbie favorito. Mientras pueda dormir a pierna suelta, lo haré. Ojalá que la edad no me pase factura.

Como es natural, ha bajado un poco mi Ki del que hablaba, debido a mis responsabilidades diarias. Ya no son tan recurrentes aquellas famosas maratones de la niñez y adolescencia. 

Me muero de risa al traer a mi memoria todos los malabares que tenía que hacer para holgazanear a mis anchas en la época de vacaciones escolares. Recuerdo que muchas veces para que la alarma incorporada a la garganta de mi mami no me sacara de quicio, en aquellas tardes de ocio, me metía a la ducha con almohada y colcha, para acostarme en el piso y seguir durmiendo. Lo importante para ella era no verme echada en la cama todo el día, asi que siempre funcionó ese plan.

A eso llamo yo luchar por los sueños.