viernes, 2 de septiembre de 2016

Así comenzó mi luna de miel

Pasear en Roma, con el hombre de mi vida, me hizo recordar que precisamente ese era uno de los sueños locos que tenía cuando era pequeña.

Como toda niña, abrazaba muchas ideas cursis acerca del amor producto de un sinnúmero de películas y novelas románticas que lo único que hacían era alejarme de la realidad y dejarme con las ganas de armar la maleta.

El tiempo invariablemente pasó, muchos deseos de mi infancia quedaron empolvados, y  tuvieron que darse muchas situaciones antes de que el destino me sorprendiera de tan grata manera.

Uno puede imaginarse cómo es esta ciudad pero estar allí es otra cosa. Toda ella es historia pura, sientes que has viajado en el tiempo. Sus majestuosos monumentos y templos, sus edificaciones imperiales y sus gigantes plazas tienen un valor inconmesurable. Te dejan sin aliento. El centro de Roma es realmente un museo abierto para todo aquel que quiera conocerlo. Tiene la capacidad de enamorar a cualquiera.

Dos días no son suficientes para visitar todo, claro está, pero cada segundo valió la pena. La experiencia de estar en el Vaticano, pasar por la puerta santa de la Basílica de San Pedro, participar de la eucaristía en la tumba de San Juan Pablo II, rezar en la Capilla Sixtina, llegar al imponente Coliseo Romano (y orar por todos los que allí perecieron), recorrer la Plaza Venezia, conocer el balcón de Mussolini, lanzar una moneda en la Fontana di Trevi, utilizar el metro, probar la verdadera pasta italiana, saborear el clásico "gelato", ver estacionadas las famosas Vespa en las veredas, entre un montón de cosas más, no la cambio por nada.

Mientras caminaba por las calles de la «Città Eterna» de la mano de mi esposo, no podía estar más agradecida con el cielo. Sus ojos llenos de felicidad me decían lo mismo: 'Dios es bueno'.


(Foto: Elena Gutiérrez)

(Foto: Elena Gutiérrez)

"Necio es quien admira otras ciudades sin haber visto Roma." (Petrarca)


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