jueves, 22 de octubre de 2015

Si me pagaran por dormir, sería millonaria

Una de las cosas que más amo hacer, y que me proporciona mucha felicidad, es tomar siestas. Tengo la fama BIEN GANADA (y orgullosa lo escribo en mayúsculas) de ser una empedernida osa perezosa. Y es que practico tan bien el arte de dormir que muchas personas cercanas a mí me han preguntado cuál es el secreto, mientras otras en cambio me han advertido de todas las posibles enfermedades que padezco.

Pues no, no es originado por ningún tipo de problema. Simplemente encuentro placer en cerrar los ojos, relajarme y dejarme llevar por Morfeo.

Tener control sobre ello es simplemente maravilloso. Si así lo decido -y veo que tengo la posibilidad de hacerlo- puedo dormir 10, 12, 14 y a veces hasta 16 horas seguidas sin que la cantidad de tiempo escogida altere mi ciclo siguiente.

Aunque ejecutar este verbo parezca una de las cosas más sencillas del mundo, en realidad es más complejo de lo que se piensa. Cada vez son más gigantescas y alarmantes las cifras de personas que sufren de insomnio que deben recurrir a terapias o medicinas. A medida que avanza el tiempo, no vemos enfrentados con muchas ocupaciones/preocupaciones y menos horas de sueño.

Hasta cierto punto, es normal que en algún momento tengamos que sacrificar nuestro descanso por alguna cuestión, pero no es sano perder el equilibrio y dejar que aquello nos quite arbitrariamente ese tiempo valioso y único en el día.

Yo de ninguna manera pienso dejar de lado mi hobbie favorito. Mientras pueda dormir a pierna suelta, lo haré. Ojalá que la edad no me pase factura.

Como es natural, ha bajado un poco mi Ki del que hablaba, debido a mis responsabilidades diarias. Ya no son tan recurrentes aquellas famosas maratones de la niñez y adolescencia. 

Me muero de risa al traer a mi memoria todos los malabares que tenía que hacer para holgazanear a mis anchas en la época de vacaciones escolares. Recuerdo que muchas veces para que la alarma incorporada a la garganta de mi mami no me sacara de quicio, en aquellas tardes de ocio, me metía a la ducha con almohada y colcha, para acostarme en el piso y seguir durmiendo. Lo importante para ella era no verme echada en la cama todo el día, asi que siempre funcionó ese plan.

A eso llamo yo luchar por los sueños.

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